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E. BOTERO T.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

VARIACIONES ALREDEDOR DE UN TEMA EN UN TANGO




EL TANGO: 

Este tango se puede escuchar y visualizar su baile en: http://www.youtube.com/watch?v=3aV87gQQLZg



Necesito olvidar

Tango 1942

Necesito olvidar
esta pena de amor,
ya no se que intentar
ya no se cómo ahogar
este inmenso dolor.

Es mentira que el tiempo
suele todo borrar.
Ya no es cosa de ayer
este eterno pensar
que me va a enloquecer.

Música y fiesta
me lo recuerdan,
baile y bebida
son para peor.
Si ando con copas
veo sus ojos,
si escucho un tango
oigo su voz...
EL TEMA


El olvido como necesidad manifiesta y su imposibilidad como realidad ineludible.  Desde el título: un imperativo, un deseo.  Dos verbos, primera persona para la necesidad, infinitivo para el propósito. 

No hay que mencionarla, la impuesta memoria que se revela como pena de amor. Memoria de los intentos fracasados por eliminarla.  Memoria de un dolor vivo que no cesa de respirar pero que no se ahoga.  Memoria no de una “ella”, sino de la pena y de los fracasos por olvidarlos.  A ella, a la pena de amor, a los intentos fracasados.

Refutación del socorrido y manido consejo: aguarda, el tiempo lo borra todo.  Refutación inmediata: esto no es un asunto del pasado, es un asunto nietzcheano, del eterno retorno.  “…ya no es cosa de ayer/ este eterno pensar/ que me va a enloquecer.”

Tampoco baile y bebida ayudan.  Ambos la recuerdan, a ella, es más, empeoran el asunto.  Por las copas y por el canto alucino sus ojos y su voz. 

VARIACIONES

PRIMERA: DESVALIMIENTO TOTAL

Desvalimiento total el que se desprende de quedar cubierto por la sombra del objeto.  Que es algo más que sombra, algo más que fantasma, pues ve y habla como ser de carne y hueso.  La presencia del objeto cubre mucho más que el yo, anida en la sensorialidad del cuerpo y en sus inextricables conexiones con la pesadumbre. 

Algo más que ver sus ojos, sobre todo es ver que no te miran ya.  Algo más que oír su voz, sobre todo es ver que no te habla. 

En qué y en quién llega a convertirse alguien para otro cosa que cuando se marcha deja a este a merced de la pura imaginación en el desamparo.  Par Hamlet, el espectro de su padre.  Pero hay un crimen atroz que precisa castigo, un muerto leal que exige restauración de su buen nombre y dos asesinos coaligados por la falta de todo límite a sus ambiciones.  Hamlet es un luchador que reivindica su obra y que cree salvar su vida camuflándola en la locura.  El espectro habla, ordena, impetra.  Hamlet se declara concernido por el imperativo del otro.

En la pena de amor el otro deja de ser lo que ha sido para convertirse en puro dolor e instalarse en la testa del que ha sido abandonado sin dar órdenes, sin impetrarlo.  Sabemos de estos dolores por experiencia propia y porque la consulta nos arroja en abundancia distintas procedencias.  Como en Hamlet, el objeto no desaparece, pero tampoco aparece.  Toda su corporalidad ha quedado traducida en el puro dolor y en la imposibilidad de olvido.  Hamlet no lucha por que el espectro de su padre desaparezca, el amante adolorido anhela instalar un olvido que impida la supervivencia del otro.  Su dolor es muestra del copamiento total y del fracaso del olvido.

Si cuando nos enamoramos pareciera que todas las cosas estuviesen dirigidas a nosotros (auto-percepciones procedentes de la inflamación narcisista), también en el desamor todo le recuerda al amante la presencia del otro, que es el modo por el cual todas las cosas del mundo le hablan, pero esta vez copado por la figura del que falta transformada en presencia dolorosa.

El abandonado, pues, sufre de reminiscencia.  Abandonado por Lete queda copado por el poder de Mnemosine.  Y aspirando a que la lágrima diluya la solidez del objeto convirtiéndolo en objeto deletéreo, anhela otra cosa que está más allá de todo objeto perdido.  Sabemos que gran parte de la intensidad del amor proviene de la creencia del reencuentro con el objeto perdido.  Para que esto sea posible es necesario creer que existió, en efecto, UN objeto (fundamental en tanto que fundante) que se perdió y que es posible re-encontrar a través de otro.  La compulsión a la repetición deriva su existencia de esto que es algo más que una creencia: se trata de una convicción que rememora la muerte. 


SEGUNDA VARIACIÓN: MORIR DE AMOR Y DE DESAMOR


Sea también la música quien venga ahora en nuestro auxilio: “Ni contigo ni sin ti/ tienen mis males remedio/ contigo porque me matas/ y sin ti porque me muerto”.  No hay remedio posible, ni siquiera con la muerte, para los males de quien ama o quien ha sido dejado de amar. 

Tal vez estemos pisando los terrenos de la pulsión de muerte, tal vez estemos encontrando que la mirada de asesino del lactante mayor de Agustín de Hipona procedía no tanto de la envidia (invidere) sentida al observar al hermanito menor pegado al seno (perdido) de la madre, sino del hecho mismo de que esa juntanza,  ese uno formado por dos (madre y lactante), es la imagen misma de la muerte.

Pero aquí toca entender que simultáneamente la imagen de la muerte evoca dos sentidos: uno ligado al principio del placer (desaparición de todo dolor), el otro en relación con el malestar.  Por el primero: “por ti muero”, “tu amor me mata”, “muero de amor”, o la denominación francesa del orgasmo, petite mort; por el segundo: “muero porque me dejas”, “sin ella muero”, “sin ti, muero”.

Dolor que no desaparece ni siquiera con la muerte, dolor, pues, irremediable.  Otra muerte emerge tan dolorosa y tormentosa como aquella: la muerte mental, la muerte psíquica, la locura.  Como dice la letra del tango: “este eterno pensar que me va a enloquecer.” La idea que aquí subyace es que a la pena de amor no le queda otro destino más que la locura.  Y si esto es así, el yo tiene magnífica oportunidad para querer ser siendo de otro modo, quizás así, locamente, siendo algo que, sin la pena de amor o, incluso, por ella, resulta inimaginable, “una locura”.


Es quizás en esa “noche oscura del ser” que, paradójicamente, se pueda encontrar remedio para el mal de amores, para la pena del “entusado”.   Hay amor en el Quijote al afán por restituir los modos de ser y de actuar desaparecidos, al tiempo que amor por su Dulcinea del Toboso. Ninguno de los dos amores puede realizarse, pero sacan a don Alonso de Quijano de la locura que significa vivir rodeado por la mentalidad del barbero, del cura y de la criada. Esta es una locura posible y, por   cosas suficientes pruebas de que la historia resuena con algo de nosotros mismos.

Otras locuras son posibles.  Si ha de perderse aquella identidad que irremediablemente quedó atada a la fusión con el otro, y eso nos obligue a atravesar la nada forzados a una libertad que no sabemos muy bien si nos fue impuesta o nosotros mismos hicimos cosas que nos condujeron a obtenerla, la angustia será el afecto que inevitablemente nos acompañe.  Suponer verdadero un duelo que no pase por la angustia es desconocer que esa es también una de las trampas del yo para protegerse ideal invicto.  Mientras el deseo de ser no haya sido aniquilado, será posible restituirlo pesquisando en la plasticidad de la vida en la busca de otros modos de ser que se conviertan en otros modos de vivir y de morir, pareja inseparable.

TERCERA: MORIR EN EL OTRO

Hasta que no sea posible reconocerse muerto en la mente del otro no será posible hacer de esa muerte posibilidad de nuevos comienzos.  Vivida como dejar de ser objeto privilegiado por el pensamiento del otro, esa muerte condena a convertirse en intruso fastidioso, en amante “intenso”, para emplear un término en boga.

La resistencia a aceptar esa muerte es expresión de la resistencia no a admitir la realidad del objeto perdido sino de admitir que jamás existió ese objeto.  Es en la ilusión de que una vez fuimos habitantes de un paraíso que reposa toda renuencia a reconocer la muerte como acompañante perpetuo.  Morir en el otro es vivido entonces como amenaza no del yo sino del ser, porque se devino en ser a partir de otro.  Y porque se olvida que ese otro nos expulsó para dejarnos ser, es que suponemos muerte absoluta el hecho de que este otro haga desaparecer nuestra imagen de su pensamiento.  La repetición de la pregunta en los amantes es elocuente al respecto: ¿Me has pensado?  Nadie sensato la hace cuando la mirada del otro se ha transformado contra él.

CUARTA: LA CULPA

Sea este el momento de auxiliarnos con Borges:
   
 EL REMORDIMIENTO

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz.
Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

Santiago de Cali, Noviembre 24 de 2010
 



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